Si me lo permites hoy no te voy a dar pautas, ni hablarte de lo optimista que hay que ser en la vida, ni lo importante que es la inteligencia emocional, aunque poseer una buena base de todo esto ayude y mucho de cara a lo que os quiero contar en este post.

Hoy 19 de octubre es el día internacional de la lucha contra el cáncer de mama, enfermedad con la que estoy muy sensibilizada por lo cerca que me ha tocado vivirla.

Ya han pasado casi 9 años desde mi cuarto de carrera, este era un curso especialmente importante para mi por dos motivos, 1º por fin veíamos algo de clínica: psicopatología, clinica infantil, trastornos emocionales, neuropsicología… y 2º en abril era nuestro viaje de fin de carrera a las bellas ciudades de Praga, Viena y Budapest.

Varios meses antes de este viaje, mi madre andaba preocupadilla porque se había notado un bulto en el pecho, seguro que no era nada, una revisión calmaría los nervios y todo seguiría tan normal, como siempre.

La noticia más dura que he recibido en mi vida llega en marzo, recibo una llamada de mi hermana, seria me cuenta que los resultados de las pruebas dicen que el “bultito” es un tumor maligno que hay que extirpar  y que hasta que no se analizaran los resultados tras la operación, no podía establecerse el tipo y por tanto la gravedad del mismo. Mi madre abatida no podía ni hablar conmigo.

Recuedo salir de mi habitación y dirigirme al salón, recuerdo abrazarme desconsolada a mi compañera Mariadel, recuerdo que ella me hablaba, pero no se que decía, ni siquiera lo sabia en aquel momento, yo solo repetía: me voy, me voy a mi casa ahora mismo.

Así lo hice, al día siguiente regresé  a casa. Fueron días muy duros, en el fondo yo sabía que todo saldría bien, mi manía de enfocar al lado positivo, pero no conseguía hacer que mi madre tuviera mi optimismo, no conseguía que esa mujer mostrara el lado que yo conocía de ella, su experiencia con esta enfermedad era cruel, ya conocía su horrible cara, 25 años antes le arrebató a su madre y su cabeza solo pensaba en eso.

Me sentí inútil, todos mis intentos eran en vano, recuerdo que la profesora de trastornos emocionales me envió un correo interesándose, mi respuesta fue tajante: ¡me planteo dejar la carrera! si ni siquiera soy capaz de aliviar el sufrimiento de mi madre ¿como voy a aliviar el sufrimiento de otros?

Obviamente yo no era objetiva, a toda costa intentaba que ella sonriera, que ella estuviera bien, ¿como podía pedirle eso? estaba reviviendo todo lo que sufrió y ahora en su propia carne, ¡TENIA MIEDO!. La palabra CÁNCER implica MIEDO y yo no estaba entendiendo eso. Sus experiencias con el cáncer de mama 25 años atrás le arrebataron un pilar fundamental de su vida, no conocía los avances en este campo: las tasas de mortalidad se han reducido mucho, los tratamientos son tremendamente específicos, existe asociaciones,  equipos de voluntarios y de profesionales que apoyan desde el primer momento del diagnóstico haciendo una labor extraordinaria en la adaptación a los cambios físicos, en el apoyo emocional, en la importancia de actitud activa, del cuidado de la salud…

De esta experiencia saqué un aprendizaje importante: hay que respetar los momentos de debilidad, a veces son necesarios y nos ayudan a crear elementos que den fortaleza. También aprendí que antes que la vocación esta la persona y que una hija es una hija por muy psicóloga que sea.

Afortunadamente han pasado casi 9 años desde la operación y mi madre hoy está bien, todos temblamos ante las revisiones pero siempre le digo que si vuelve a pasar ya sabemos cual es el camino a seguir: LUCHAR LUCHAR Y LUCHAR.

Os dejo un enlace de la Asociación Americana de Psicología para todas las que estéis pasando por esta batalla: Cáncer de mama: como puede la mente ayudar al cuerpo

Suerte a todas las luchadoras

 

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